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El origen del día "M"

Un 31 de agosto, de hace más de un siglo, nació María Montessori, cuyo nombre completo fue María Tecla Artemisa Montessori, en un pueblito llamado Chiaravalle, en Italia, que incluso hoy en día se conserva pequeño y austero, pero que le rinde homenaje en la casa que le vio nacer.

Para ella, como para todas las mujeres precursoras del feminismo, que veían cerradas las puertas de la educación superior, significó un enfrentamiento con su padre y una constante confrontación con compañeros y profesores, el hacerse un lugar en la Universidad de Roma. El camino de su formación, como le sucede a muchos jóvenes hoy en día, tampoco fue claro y fluido desde el principio; debió iniciar en Ingeniería y seguir en Biología para llegar a la facultad de Medicina, sin embargo su sed por entender mejor al ser humano no se vio satisfecha, así que más tarde estudió Antropología y después realizó un doctorado en Filosofía.

Sus aportaciones más conocidas son sus propuestas para una educación diferente, en donde el niño se vuelve protagonista por la trascendencia de los procesos por los que pasa durante la infancia y la niñez, y que determinan en gran medida al adulto en el que se convertirá; por los materiales de desarrollo que retomó de otros educadores y perfeccionó, y por muchos otros que dentro de los quehaceres cotidianos o en compañía de su hijo, ideó, confeccionó, probó y detalló; y por sus observaciones en el trabajo con niños considerados perturbados mentales.
En el XXVI Congreso Internacional Montessori que se celebró en Cancún, en 1999, tuve la oportunidad de conocer a Renilde, hija de Mario y nieta de María Montessori. Como invitada especial se le dio la palabra, y entre varias anécdotas me quedó grabada una en particular, una imagen para mí casi poética que pintaba a la mujer polifacética cuya mente no dejaba de trabajar: “…recuerdo a mi abuela, sentada en las escaleras de la casa con un traste sobre las piernas pelando papas, muy concentrada, cuando de pronto levantó la mirada, se levantó, dejó a un lado todo para hacer anotaciones de lo que acababa de delucidar sobre cómo mostrar a los niños algo…” (parafraseando su relato).

Es poco lo que se conoce de ella en otros ámbitos, como su participación en dos congresos internacionales para mujeres, uno en Berlín en 1896 y otro en Londres en 1900, y en medio de eso expuso en Turín, en 1898, el planteamiento de la relación entre el abandono infantil y el desarrollo posterior de la delincuencia. Escribió varios libros, formó entrenadores, fundó la Opera Prima en Roma, Italia y la Asociación Montessori Internacional en Ámsterdam, Holanda. Tuvo contacto con fascinantes personajes como Alexander Graham Bell, Mahatma Gandhi, Sigmund Freud, Rabindranath Tagore y Bertrand Russell. Fue hija única, madre soltera, presa política, amada, odiada y perseguida. Un ser humano genial. Un ser humano generoso.

Los aciertos y legado de esta increíble mujer me provocan una gran admiración hacia su persona, pero sobre todo, un profundo agradecimiento, ya que si bien tuvo la fortuna y la audacia de vivir para aprender, y de aprender para compartir sus conocimientos y descubrimientos, es gracias a las semillas que sembró y que cientos de formadores y guías han cultivado para seguir trabajando con los niños de todo el mundo, que hoy podemos ofrecerlos también a sus hijos.
Justamente en agosto de este año, en 2018, en la celebración número 148 de su natalicio, nuestro sistema de educación pública se abre a esta posibilidad planteada desde 1906, con lo que llama un nuevo modelo educativo, dando crédito por fin, a las premisas Montessorianas.

El Día M, celebrado desde el año pasado, es un homenaje a María Montessori, un cumpleaños más del nacimiento de Montessori de la Condesa, una bienvenida para sus hijos y sus familias, que juntos, formamos una gran comunidad.

 

 

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